Pablo, Alba y Jessica son tres de los 156 menores que viven actualmente en centros penitenciarios españoles. Sus madres deben cumplir condena y han elegido que ellos les acompañen. Algunos han nacido en libertad, otros, dentro del centro porque dio la casualidad de que la interna estaba embarazada cuando ingresó. En ocasiones el destino ha sido forzado. Las madres presas tienen condiciones más suaves que las que cumplen condena en los módulos comunes, por lo que es habitual que aprovechen los ‘vis a vis’ para concebir hijos.En Aranjuez viven actualmente unos 20 menores de tres años. Algunos están en el módulo F1, el único de toda España destinado a familias, junto a su padre y su madre. Otros carecen de figura paterna y viven sólo con sus madres en el F2. Su día a día es bien distinto del de la mayoría de los niños de su edad.

Once de ellos, los más afortunados, han conseguido plaza en una de las guarderías públicas de la Comunidad de Madrid y abandonan cada día la cárcel para ir a clase. El resto tiene que conformarse con el centro infantil de la prisión.  Los más pequeños permanecen en el centro mientras que los que tienen de dos a tres años salen a la guardería. Pero no todos, “algunas madres no quieren que vayan”.

Esos niños tienen que pasar las mañanas allí, “con juguetes limitados, sin hierros, sin pilas”, mientras sus madres desempeñan las tareas que tienen asignadas. Por la tarde permanecen en la celda junto a ellas. Sus juguetes no son los mismos y tampoco lo es su campo de juego, que se reduce al patio de la prisión.

Los niños pagan las consecuencias de este encierro. “Su desarrollo es más lento y su proceso de aprendizaje más tardío. Comienzan a hablar más tarde porque en la cárcel están siempre sometidos a los mismos estímulos y tienen un vocabulario reducido”.

Su capacidad visual es también menor, porque su perspectiva se reduce a ‘intramuros’ y su capacidad de reacción se resiente: “Tocan siempre las mismas cosas; oyen siempre lo mismo, ven siempre lo mismo”. “Al final terminan siendo conscientes de que viven en una cárcel. Cuando salen están obsesionados con las puertas. Lo de abrir y cerrar es algo desconocido para ellos”.

¿Qué es más cruel, qué crezcan dentro de la cárcel o que lo hagan fuera pero sin sus madres?

Más información ElMundo.

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