A veces las situaciones personales resultan muy duras de llevar. De repente, esa esperanza que parece te va abrir un nuevo mundo lleno de ilusión…pero en eso se queda: en una simple ilusión.

Mi hermano es minusválido psíquico. Tiene 46 años y un trabajo en un Centro Especial de Empleo que le da para sus gastos. Es bastante independiente y tiene una familia que le apoya incondicionalmente. Está tranquilo, pero se siente solo, no tiene una chica a su lado. Siente que todo el mundo a su alrededor tiene pareja y él no. Entonces encuentra su salida… sólo tiene que enviar un mensaje y encontrará pareja. “Chico busca chica. Envía un mensaje al… y encontrarás a la mujer de tu vida”. Envía un mensaje y recibe otros 20 en tres minutos. Está emocionado. Sigue enviando mensajes con toda su ilusión y esperanza de que al otro lado del teléfono, enviándole miles de mensajes, hay una chica que está deseando conocerle. Durante un mes llega a mandar 1.800 mensajes. Se arma de valor y decide quedar con ella. Pero ¡oh, sorpresa!, al otro lado no hay nadie, es una simple máquina o una teleoperadora que sólo realiza su trabajo. Llega la factura (2.300 euros, que él no puede afrontar) y es entonces cuando su familia se da cuenta de la situación.

Hasta ahora sólo le habían visto que se divertía con el uso más simple del móvil, mandar algunos mensajes a familiares y amigos y alguna que otra descarga de melodías. Podemos pensar que debíamos habernos dado cuenta antes, pero él es independiente. Ahora está deprimido, sabe que algo ha ido mal, pero no entiende cómo le han podido engañar de esa forma.

Este tipo de empresas juegan hábilmente con los sentimientos de las personas más vulnerables, con las personas que se sienten más solas y que se agarran a la única salida que ven. Mi hermano es minusválido, pero cualquier otra persona en su situación, con o sin minusvalía, podría verse embaucado por un tipo de publicidad así. Actúan al borde de la legalidad, al borde de la publicidad engañosa y casi nada se puede hacer contra eso. Reclamaciones, denuncias, etcétera, no sirven para nada. El daño moral que le han causado a mi hermano no se pagaría con nada. Seguramente pagaremos la factura y procuraremos olvidarlo. Él tiene claro que no volverá a caer. Quizá lo haga. Y habrá otros muchos más que caigan en este engaño, si no se hace nada por remediarlo. Con la normativa actual no hay forma de controlarlo.

Vía ElPaís.

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